El Dios de los nuestros o las trompetas del Apocalipsis

Se oyen sonar desde hace tiempo las voces de quienes vaticinan el Fin de los Tiempos, son los augures del desastre. Hablan de un Dios furioso removiéndose en su trono y conteniendo la rabia a duras penas. Nos muestran los males de una sociedad descreída, un mundo de adoradores de ídolos contrapuesto a la voluntad divina de ser creyentes de los Misterios de la verdadera Fe. Dios dicta las normas del Bien y el Mal, Él es el Orden.

Pero tantos dioses se erigen en verdaderos, tantos exigen lealtad absoluta y ciega, que el mundo les ha vuelto la espalda y los Hombres se han erigido en el único dios a adorar. Ese egocentrismo es la forja de nuestro modelo de sociedad. Yo como objetivo, Yo como fin, Yo buscándome a mi mismo, YO, Yo y yo. No hay una visión clara de que es lo que queremos para nosotros mismos, nos preguntan y decimos: La felicidad ¿Y qué significa ese hermoso vocablo? ¿Poseer, comprar, poder? Esencialmente significaría vivir, encontrar la vida como un regalo y vivirla. 
No es un sueño irrealizable. No parece tan complicado. El problema es ¿Cuánto le pedimos a la vida? Y el segundo problema es si se puede ser feliz en un mundo atroz. Rodeados de miseria, de actos miserables, de personajes públicos de conductas obscenas. ¿Se puede ser del todo feliz si hay pobres muy pobres junto a ricos muy ricos?

Oigo los clarines de la furia desatada de un Dios justiciero. No será Él mismo el que se levante del trono y empuñe la espada, no enviará a Abaddon su ángel destructor, ni habrá un Armagedón como anuncian las trompetas, serán los olvidados los que acaben con la locura en la que el Mundo camina. Ellos serán la plaga de langosta enviada para aniquilar a los que fueron marcados. Casandra grita desde hace siglos para avisar del futuro devastador que trae la Injusticia y el Hambre (El primero de los jinetes del Apocalipsis). La sacerdotisa conoce los arcanos de la adivinación, pero su maldición fue que nadie creería sus presagios. Nos mantenemos ciegos en este ejercicio de insolidaridad que nos destruye como especie.

Cada día nos encontramos con algún hecho nuevo que nos debería abrir los ojos: siguen muriendo niños en la playas de Europa, son asesinados en cárceles Sirias los opositores, torturados, colgados y el mundo sigue en silencio, la mayor cárcel del mundo a cielo abierto en Gaza sólo asoma de tanto en tanto a las conciencias, las hambrunas en África dejaron de ser noticia, como los genocidios, la muerte y la guerra (otros dos jinetes memorables). 
Todo está preparado, los sellos del Libro Sagrado se han ido abriendo y se oyen ya las trompetas que anuncian la destrucción. La última en sonar lo hizo desde el Capitolio, al abrirse el sello apareció un nuevo jinete, monta como cowboy un caballo blanco, es el cuarto jinete (el jinete de la Victoria, Trump significa Triunfo). Quizá parezca que galopa sobre un pollino y habla con la procacidad de los bárbaros, pero sabed que en su mano porta el arco que dios le ha dado (el Dios de los nuestros) para vencer a los infieles. En su cabeza coronada podéis ver un flequillo ridículo, pero no os dejéis engañar, bajo el pelo color de azafrán se esconde un cerebro lleno de viejas ideas que parecían enterradas, muros inexpugnables, negocios exitosos. Ha venido para abrirnos los ojos de lo cerca que nos encontramos del abismo, de cómo hemos sido capaces de abrir una zanja bajo nuestros pies con nuestras propias manos.

El Hombre demuestra a cada paso su torpeza y su enorme capacidad para hacer aquello que no le conviene. ¿Por error? No, por ignorancia, por miedo, por comodidad, por egoísmo. Lo cierto es que el caballo blanco agita las crines al viento y las multitudes enardecidas le aplauden.

¿Quién detendrá al jinete victorioso? ¿Seguiremos abriendo los sellos que llevan nuestro destino escrito y nos arrastran al caos? ¿Seguirán sonando las trompetas del Apocalipsis hasta que el Fin sea irremediable?

Espero que alguno de los dioses que los Hombres adoran se levante de su trono y en vez de enviar ángeles destructores, envíen maestros, hombres libres, líderes sabios que nos devuelvan la esperanza.





El cantautor kenyà Ayub Ogada interpreta "Kothbiro"

ELEGIA A UN HOME BO

Vicent, vull acomiadar-me de tu i vull dir-te gràcies. La teua personalitat captivadora, eixa ironia valenciana, la socarroneria sense maldat que curava, que ensenyava, que trencava les distàncies, era un art que assage cada dia per a poder paréixer-me a tu.

La mort és un pas necessari, tots ho sabem i tu ho sabies més que nosaltres perquè havies consolat a tanta gent en eixes circumstàncies. No tinc pena per la mort, tinc pena per nosaltres, perquè la vida ens ha privat massa prompte de la teua saviesa, del teu do natural de parlar en minúscules i fer-te entendre. Tots comprenien el que deies perquè no tenies pretensions de parèixer un docte home de Déu, sols havia voluntat d'ajudar amb la paraula i amb els fets. Déu ha perdut un home en la Terra que traduïra el seu missatge a paraules del poble però ha guanyat segur un conseller al seu costat i nosaltres un aliat per a les trompades de la vida.

Et tenim com a exemple, seràs un model, estaràs sempre al record i això et mantindrà sempre viu al nostre costat, és el consol que ens queda. Som amics, deixebles i orfes teus, però som també la prova del teu pas per la vida i viuràs per a sempre en nosaltres.

Gràcies Vicent.








CUENTO DE NAVIDAD

Iba sintiendo como la nariz perdía su horizontalidad y se deslizaba hacia abajo ladeándose en un gesto de hastío. Su cara adquiría un aspecto de fiereza que no encajaba con él, uno de sus ojos se había desprendido y casi alcanzaba la altura de la nariz. Ya no quedaba ninguna sonrisa en su boca. Lo que la Navidad le había regalado estaba llegando a su fin. Seguía manteniendo su sombrero sobre la cabeza y la bufanda ocultaba un poco aquel rostro roto, pero ya nada podía ser igual. La lluvia tenue pero persistente sustituyó a la nieve e iba socavando su figura. La lluvia siempre triste como el llanto.

Aquel muñeco que los niños levantaran con puñados de nieve, edificado sobre ilusiones, carreras, disputas y risas. Ese muñeco que nació alegre y vivió la felicidad de ser el centro de los juegos, al que dedicaron tiempo y amor sus hacedores, ahora se había convertido en una ruina. Nadie saldría a verlo cuando se disolviera en aquella lluvia que embarraría los caminos y mancharía su blanca nieve. Sólo quedarían de él pedazos de hielo informes. ¿Y sus brazos para que le servían si no podían defenderle de aquel desastre? Si en vez de una escoba le hubieran puesto un paraguas tal vez lograría ponerse a cubierto, pero irremediablemente estaba condenado a la muerte, al olvido que es peor que la muerte.

Los niños lo miraban ahora desde la ventana, tras los cristales empañados por el calor del hogar, él los veía asomarse y hablar entre ellos señalándole. Estarían pensando que el muñeco se estaba desmoronando y acertaban porque en su ánimo no quedaba sino la resignación de haber llegado a su fin. Nada podía hacerse, todo estaba perdido. Se derrumbaba por dentro.

El vagabundo de la Navidad pasó por su lado (siempre hay un vagabundo en las Navidades, es el que nos muestra lo real frente al ensueño de un mundo imaginario cargado de purpurinas y estrellas de cristal), vio su sombrero y su bufanda y pensó que él lo necesitaba más que aquel desecho de muñeco. Llevaba su cabeza descubierta, hacía tiempo que había perdido parte de su pelo mugriento y por las calvas se colaba el frio. En cuanto a la bufanda bien que le venía para taparse en el frio de la noche. Para arrebatarle el sombrero se valió de la escoba, desarmó al muñeco, golpeó su testa para tirar el sombrero y con el cayó el botón/ojo que ya había iniciado su viaje. Tiró de la bufanda y dejó allí desnudo las dos bolas de nieve que formaban el cuerpo y la cabeza del muñeco de nieve. Quedaban sólo los botones que abrochaban una chaqueta invisible sobre su prominente barriga.

Él al verse tan descubierto, tan vulnerable emitió una especie de suspiro, casi inaudible, tan sutil como una caricia del viento.

El vagabundo creyó oírlo pero pensó que aquello no era sino fruto del vino malo que había tomado. La duda se apoderó de él, se acercó más a la boca del muñeco y quedó estupefacto al oír:

-Llévate la bufanda y el sombrero a ti te van a hacer más falta que a mí, no creo que pase de esta noche, mi nieve se mezclará con el agua y correré por las alcantarillas.

El vagabundo no podía creerlo, el muñeco le había hablado y le regalaba sus escasas pertenencias. Nadie había sido tan generoso con él en los últimos tiempos. A la sorpresa le siguió el miedo, la duda de si estaba siendo engañado.

-Apresúrate, la lluvia te calará y de nada te van a servir mi sombrero y mi bufanda.

-Pero entonces ¿Qué pasará contigo?. No puedo consentir que te derritas, no dejaré que un amigo sufra tan infausto destino. – Así habló el vagabundo que en otro tiempo fue letrado y las tornas de la vida lo habían sumido en la pobreza, pero no en la indiferencia.

Anduvo raudo a su banco, la entrada con los cajeros automáticos eran su vivienda nocturna, su refugio, donde pasaba las noches y tenía su morada en los días de frío. Tomó los cartones que hacían de colchón y corrió hasta el muñeco de nieve para construirle una pequeña cabaña que lo pusiera a salvo de la lluvia. Clavó la escoba por el rabo, usó el pincho con que rastreaba en los contenedores de igual manera y fue acumulando los cartones para formar un pequeño porche que resguardara al muñeco. Se sintió satisfecho por la obra, le devolvió su sombrero y le colocó la bufanda como si un hombre de nieve pudiera necesitarla. Pero como ocurre en la vida, no existe la felicidad completa y cuando admiraba su obra se dio cuenta que los cartones se mojaban y acabarían dejando que el agua venciera.

Todo aquel proceso fue seguido atentamente por muchas miradas, que atentas desde los cristales observaban como el mendigo ayudaba al muñeco. Se conmovieron o quizá les indujo el espíritu de la Navidad, ese falso pretexto para hacer cosas buenas. Lo cierto es que un numeroso grupo de hombres, mujeres y niños dejaron por un momento sus comidas navideñas, abandonaron el calor de hogar que calentaba árboles luminosos y bajaron a la calle para construir un verdadero refugio al muñeco de nieve. Ayudaron al vagabundo. Colocaron de nuevo su nariz de zanahoria, aseguraron los ojos/botón en su lugar adecuado, colocaron un paraguas en su mano y buscaron entre los restos de nieve la más blanca para reconstruir las partes más deterioradas.

El muñeco agradecía cada gesto, alababa la bondad de sus salvadores, loaba sus virtudes, en fin que se deshizo en halagos para todos ellos. Quedaron todos satisfechos y contentos con el resultado y volvieron a sus hogares, vieron como anochecía cantando villancicos y se asomaban a la ventana para comprobar que el muñeco seguía a resguardo. Durmieron felices.

Todo hubiera acabado bien, como debiera en un cuento de Navidad, pero la vida no entiende de fechas, no se para a contemplar los duendes buenos, sigue su ritmo indiferente, inmisericorde a veces.

El agua que se acumuló bajo la acera hizo un gran charco y durante la noche, mientras todos dormían soñando con Reyes y pesebres, los coches iban pasando por la calzada y cada uno salpicaba al muñeco con el agua sucia encharcada, los camiones de reparto y hasta el autobús fueron lanzando andanadas de agua al muñeco hasta deshacer su corpachón y reducirlo a pedazos de hielo no reconocibles. A la mañana siguiente encontraron el sombrero y la bufanda empapados, los botones y la zanahoria esparcidos por el suelo. Empezaba a nevar de nuevo, algunos de los que se acercaron aseguran que oyeron desde alguno de los pedazos de hielo:

-No importo yo, el que importa es el mendigo.


EL PESO DE LA VIDA

   A veces la vida te hace pensar que se trata de un engaño, que el mero hecho de vivir no es un regalo, si no una especie de prueba en la que debemos sortear los obstáculos y regatear las penas. Cargamos con el encargo de vivir, sin saber bien que peso soportaremos en la mochila. Si bien es verdad que en la mayoría de los casos la juventud pasea por el jardín de las Hespérides comiendo la fruta fresca de sus manzanos, llegados a las fronteras de la madurez en nuestro saco hay suficientes piedras como para que cualquier subida nos parezca una empinada cuesta. Arrastras su peso con la determinación de quien todavía siente joven el corazón y con la valentía del “no me dejaré vencer por el desánimo”. Cuando tras la subida viene el llano crees que has vencido a la vida, que derrotaste los malos augurios de los funestos hados. Sin embargo nunca una cuesta costara tanto si no viniera con otras de la mano. Subes laderas arrastrando las piedras como Sísifo y descansas a respirar, si acaso miras el paisaje mientras recobras el aliento. Cada mañana emprendes el castigo de subir tu carga sabiendo que si cae rodarán los cantos hasta la base ¿Cuánto peso soporta una espalda, cuánto dolor un cuerpo?

   Debemos entender que el mero hecho de vivir viene aderezado con la sal y con la miel, con la olorosa canela y con la pimienta negra. Aceptemos que las piedras que vayamos subiendo por la cuesta pueden ayudarnos a construir nuestro refugio arriba en la cima. Piedra a piedra, golpe a golpe, verso a verso, con cada fracaso construir un muro a la tristeza, con cada enfermedad un ungüento, con cada desilusión un sueño. Porque si no, nuestro empeño es baldío, nuestra existencia un vacío que en nada representa lo que somos. Estamos hechos de barro y fuego, el barro es nuestra materia y se resiente con los vientos, pero el fuego que poseemos alimenta nuestra inmaterial esencia y el viento no puede si no hacerla más grande. Podemos bajar la rodilla al suelo por el peso de nuestra carga, tropezar con las piedras del camino, pero si miras hacia la cima, si piensas el paisaje que te espera tras la subida no puedes entregarte a la desesperanza. Hay que vivir cada momento como semilla irrepetible de la que florecerá el futuro. La vida es demasiado valiosa para arrojar la toalla ante un contratiempo, debemos ascender sin miedo, sin mirar lo que queda, sin volver la vista para valorar lo que ya subimos. Cada paso es una reafirmación de que estamos dispuestos a llegar hasta la meta. El peso de la vida siempre dependerá de la atención que le prestemos. Se soporta mejor con la cabeza erguida, con el cuerpo enhiesto. Relativizar el concepto de sufrimiento, el dolor es objetivo, real, duele lo que lesiona, pero el sufrimiento es la interpretación que hacemos de los hechos que nos causan dolor, depende de el enfoque con que los miremos. Una herida nos duele, pero no tiene porque hacernos sufrir. La soledad, un rechazo, un miedo, una duda pueden hacer sufrir nuestra alma sin lesión aparente.

   No necesitamos ser duros como la piedra, porque la piedra puede romperse con el golpe del cincel, es frágil. Debemos ser fuertes, que significa moldeables, positivos, invencibles, dueños de nuestro futuro, resilientes.

Palabras para Julia de Paco Ibáñez y José Agustín Goytisolo
 

LA HUMILDAD DE LO GRANDE

Lo inmenso.
Lo infinitesimal.
El universo contenido en un átomo.
Una vida reducida a un segundo, la del niño que nace y apenas emite un gemido.

Lo humilde, lo sagrado, lo breve, lo eterno. La historia del mundo y el día de un pobre.
La miseria, el exceso, lo minúsculo y lo grandioso.

Un pájaro y un horizonte. La luz que rompe las tinieblas. El relámpago y el trueno.
La voz y el susurro, un beso, un te quiero que conquista al corazón más fiero.
Un ejercito derrotado, un cobarde triunfador.
La velocidad y el descanso, la pereza y el trabajo.

Todo cabe en este instante, en cada rincón del mundo sucede todo mientras nada acaba de suceder, porque el mundo no es más que una mota de polvo en el Universo y el momento apenas una gota en el océano del Tiempo.

Sólo aquello que es poderoso, lo que contiene la fuerza de la que emerge la vida puede ser Eterno, con la simplicidad de lo que parece innecesario.

Así funciona el mundo, los dioses que lo habitan se sienten empequeñecidos, a veces tiemblan, se les ensombrece el rostro, arrastran la humildad como una pesada cadena. Sin embargo los hombres, seres insignificantes en la Historia, que no representan más que el aliento de un moribundo, emprenden misiones heroicas, grandes aventuras, guerras, empresas de Titanes y creen tener el poder de Dios, que agacha la cabeza afligido.

Lo definitivo, lo verdadero, los axiomas y las certezas se convierten en humo.
La duda en la escarcha de la sospecha.

Lo excelso se hace ordinario porque nadie lo entiende como sublime.
Lo profundo superficial, si nadie lo piensa.
Lo grosero parece refinado y lo descortés amable si se pronuncia con voz fingida.

La vida confunde los sabores de lo amargo y lo dulce como un postre mal cocinado. Se equivocan los dioses dando mucho a quien todo lo desea. Yerran al darle valor a los temerarios y honor a los engreídos.
Sólo de la humildad saldrá el Hombre generoso, el que reparta su pobreza entre los miserables.

En lo pequeño reside la magia.
De lo simple surge la Verdad, de la ternura el Amor.

¿Qué encierra lo grande si no pequeños fragmentos del Todo?

India . Bathalapalli . noviembre 2016


"Slumdog Millionaire. Jai Ho "

Escenas de Slumdog Millionaire (2008). Película romántica, drama. Un joven huérfano que vive en una barriada pobre de Bombay, decide presentarse a la versión india del concurso: "¿Quién quiere ser millonario?".    

ENSAYO SOBRE LA CEGUERA

Estamos ciegos. Nos dejamos llevar de la mano por gobernantes que están tuertos o en sus mejores días los ojos les hacen chiribitas. Ellos nos dicen que son visionarios, dicen tener los remedios de todos nuestros males y sin dudarlo les creemos. A pesar de que llevan engañándonos durante años, que nos han mentido de forma constante, nosotros seguimos cogiéndonos de su brazo. Nos han metido en tantos charcos que nuestros pies no salen del barro pero nuestra ceguera nos impide verlo. Tozudos como mulos seguimos estrellando nuestra cabeza contra el muro de la mentira y la corrupción, depositando nuestro voto como si fuera una ofrenda a los que utilizan la papeleta como papel higiénico. 

Definitivamente el miedo o la comodidad nos ha cegado, vamos dando palos de ciego en el mundo oscuro de la política y caemos siempre en las enmarañadas redes de la propaganda. A pesar de que no estamos sordos, nuestra ceguera nos impide oír los avisos de nuestra conciencia que nos dice que aquellos imbéciles ya nos la dieron con queso otras veces, ya nos estafaron con los mismos argumentos. Seguimos como borregos por la senda que nos marcan, nos aterra que se acabe el camino o caernos en el barranco de la miseria desde el que otros gritan. Para no ser como esos desgraciados que han sucumbido a la pobreza nos agarramos con fuerza a la cuerda que nos tienden sin apercibirnos que está también arrollada a nuestro cuello y que conforme vamos tirando la apretamos un poco más.

Nos comportamos como los ciegos de José Saramago buscando nuestra supervivencia a costa de renunciar a todos los principios que una vez nos parecieron los fundamentos de la ética. Acabaremos degollando a un pobre para quitarle su mendrugo mientras el rico come el bocadillo de chorizo en su chalet protegido por guardias de seguridad privada.

Como los murciélagos, nos dejamos llevar por las ondas de la radio y las tertulias, por los titulares de la prensa, por los eslóganes de los pasquines y tropezamos una y otra vez contra las mismos obstáculos, caemos en manos de los rufianes de siempre. Hacemos oídos sordos a las voces de algunos que se pierden en el ruido mediático. Como niños no atendemos a razones, desoímos los consejos de quienes nos previenen sobre los males de lo venidero y nos prestamos al engaño de lo que parece más fácil.

¿De verdad estamos tan ciegos? O nos hacemos los tontos ¿Hemos perdido la cordura? O queremos pasar por locos. ¿Nos ha adocenado esta sociedad del bienestar? O deseamos vivir así.

Niñas ciegas en la Fundación Vicente Ferrer