sábado, 21 de octubre de 2017

ALGUNAS FOTOS









AIRE

  Tenía escritas algunas lágrimas vertidas en Etiopía, pero no podía llorarlas todavía. Hoy ya he tomado aire. Viernes. He comido en Gastroadictos con Amparo, Trini y Lidia. Esta noche he quedado a cenar con Julio, Mari Carmen, Juanra y Manu, los colegas de Gambo. Llevo ya 15 días de trabajo en el hospital. Estoy reconciliándome con el placer de la vida, a pesar de los avatares políticos y sus malas vibraciones. 

MI NOMBRE ES ALAMITU

   Salí de Basako para casarme con mi esposo. Entonces fui subida en un borrico que me llevó a su aldea. A pesar del largo viaje fui cargada de ilusiones, de inocencia, de felicidad. Después de recorrer caminos rotos y sentir como el calor marchitaba las flores de la ceremonia que me adornaban (entonces no pensé que pudieran representar una imagen de mi pobre vida) llegamos anocheciendo.

   Hace dos días que empecé con las contracciones de parto. La comadrona de la aldea dijo que no podría parir allí. Debía ir al hospital. Emprendí el camino de nuevo montada en el pollino. Mi marido llevada el animal, caminaba a mi lado. Me daba palabras de consuelo a pesar de los dos sabíamos que nuestro hijo estaba perdido. Dios así lo quiso. La vida no pregunta. La muerte no da explicaciones. En mi tierra estas son las consignas aprendidas.

   Yo conocía el Nuevo Testamento, la huida a Egipto. El nacimiento del Salvador después de un largo recorrido a lomos de un borrico acabó en un pesebre. Cuando anocheció la primera noche no pude ver ninguna estrella que guiase nuestros pasos. Sólo sentía las pulsaciones de mi abdomen, con ritmo cansino iba debilitando a mi hijo que ya apenas se movía. Mi esposo decía que se había dormido con el movimiento del burro, que estaría cansado por el viaje. Ambos sabíamos que no era verdad. Amaneció un sol espléndido, como si se tratase de un magnífico día de primavera. La lluvia no llegaría hasta la tarde y podríamos caminar toda la mañana. El hospital estaba tan lejos que me hubiera quedado en la aldea. Todas las mujeres me dijeron que debía ir y obedecí. La lluvia de la tarde no fue si no un alivio. El sudor mojaba mi rostro, con el agua se lavaban mis lágrimas. Mi hijo ya no me hablaba. Estábamos cerca, pero era tanto el cansancio que no notaba el dolor. Entramos por las puertas del hospital al caer la tarde del sábado. No había reyes con ofrendas como en las Sagradas Escrituras, no hubo oro, incienso ni mirra. No había mas que un paritorio viejo y un comadrón que ayudo a mi cansado cuerpo a desprenderse de mi hijo muerto. Nació en el silencio. Vino al mundo de la tristeza. Conoció sólo el paso cansino del borrico que nos llevaba, no pudo correr en los campos de tef, ni saltar en los charcos. Ninguno de los dos conoceríamos el Año Nuevo que estaba por llegar. Dentro de mi se rompieron las ganas de vivir, las razones para respirar se astillaron, explotó como un cristal mi corazón. Los médicos me miraban y se preguntaban porqué me estaba muriendo, no entendían nada. Me moría de hastío, me cansé de vivir, no quería seguir en ese lugar injusto y no sabía como decirlo.

   Gambo 9 de septiembre 2017.

   A dos días del Año Nuevo Etíope.



ME LLAMO SESAYI

   Me llamo Sesayi y me estoy muriendo. Oigo vuestros lamentos, vuestros gritos me llegan desde la calle. Distingo a mi hermana que grita mi nombre para que vuelva. Oigo a mi prima que es como mi hermana porque nos criamos juntas, grita desesperadamente. Cada vez que se abre la puerta de la maternidad y alguien porta noticias mías los gritos se agudizan. Mamite se ha desmayado ante la noticia. Ella también espera un hijo, me acompañó hasta el hospital con la mula. Yo iba sangrando, creía que perdería a mi hijo. Dejé en casa los otros tres, pequeños, ya casi huérfanos, aunque ellos no lo saben, no lo comprenderán hasta más adelante. Subíamos las cuestas que llevan hasta el hospital con una lluvia fina que amenazaba con ser torrente. Yo sólo pensaba en el calor que sentía entre mis piernas, que era la sangre que resbalaba lentamente, dulcemente. No me quedan fuerzas. Quisiera deciros que estoy bien, aquí en brazos de mi marido que me sujeta incorporada para que entre algo de aire en mis pulmones. Hacía tiempo que mi marido no me tomaba así, con esta ternura. Él sabe que me estoy muriendo, lo ve en la cara de los médicos, sus conversaciones inaccesibles no pueden esconder sus gestos severos. Ellos sufren porque no saben que hacer, conocen el final y ven a la muerte rondar mi lecho. Han quemado los últimos cartuchos, sabían que no serviría para nada pero deja más tranquilas sus conciencias.

   Cuando distinguimos la puerta del hospital pensé: “Estoy a salvo”, me agarré de nuevo a la vida y a mi hijo que estaba por nacer. Entré y me vieron pronto, no esperé como otros en la sala. Una médico joven me vio y me hizo una ecografía. ¿Cómo es posible ver dentro de mí, cómo lo hacen los médicos? Pude ver claramente a mi hijo moverse, aunque ya lo notaba, aquellas sombras me relajaron. “Misha” me dijo y yo me calmé. Había dejado de sangrar. Me pusieron un poco de sangre y medicación para mi hijo. Todo bien. Misha. Waan hunduu gaarida. No he vuelto a sangrar desde hace dos días. Esta mañana he sentido un poco de fatiga. Allí estaba mi madre, me dijo que era del miedo que traía, que ya todo iría bien. Ahora la veo aquí sentada. La han dejado entrar sólo a ella. Los demás siguen gritando en la calle. No puedo salir a decirles que estén tranquilos, que duermo en brazos de mi amado y siento como mi hijo duerme conmigo. Veo a mi madre con la cabeza baja, aguantando el llanto, tocando mi frente fría, como mi marido que también me habla. Oigo sus voces pero no puedo contestarles. Quisiera decirles tantas cosas. No tengo fuerzas, se me escapa el poco aire que consigo sin poder decir una palabra. Necesito todo mi aliento para mantener esa visión borrosa, sentir los brazos de mi marido abrazarme para mantenerme recostada. Es placentero. Es dulce la muerte. Es dejarse ir por el río, llevado por la corriente, meciéndome en el agua que no está fría. También oigo a los doctores, no me interesa lo que dicen, no tienen ahora nada para mí. Estoy sola con mi madre, mi hijo y mi marido. Los demás afuera. En la calle llueve, no puedo oír la lluvia pero siento la humedad, el olor a tierra mojada. Pronto estaré envuelta por el manto de la tierra. Desde allí espero poder seguir oyendo el mundo, espero poder sentir correr a mis hijos sobre mi, oírles gritar como ahora oigo a mi familia. Sus risas mientras juegan, su llanto al caerse. Quizá algún día lleguen hasta mí con sus amores y se besen y pueda sentir el temblor de sus piernas.

   Mi madre ha salido, lo se porque noto a mi marido y oigo más fuertes los gritos. Ha salido a decir que ya he muerto. Ahora mi marido me deja sobre la cama. También él está llorando. Me ama y yo a él. Pese a todo. Pese a esta vida miserable que nos impide ser del todo felices. Pese a que el frio, el calor, el hambre, la sarna nos castigan sin haber cometido falta alguna. A mis veintitrés años he vivido lo suficiente para conocer la alegría, el goce, el amor sublime pero también la pobreza que es como una espina clavada en el corazón. No la notas siempre, pero está ahí mortificándote, impidiendo que sonrías.

   Ahora envuelven mi cuerpo con una sábana. Alguien de mi familia ha dejado un paño blanco con ribete de colores y flecos, para que me envuelvan. Están pasándolo por debajo de mí y noto como las manos de los enfermeros me mueven. Me colocarán sobre una camilla y me llevarán a casa en volandas, recorreremos el hospital con gritos de dolor. El resto en silencio, mirando respetuosos el cortejo fúnebre. Lo he visto otras veces. Mi familia y mis amigos seguirán mi cuerpo envuelto en la mortaja, todos llorando. Todos menos yo que ya no me quedan lágrimas. El cielo también llora, como casi todas las tardes, se ha puesto gris y deja caer su agua para ablandar la tierra. Así será más fácil darme cobijo en sus entrañas.

   Gambo 5 de septiembre 2017

   (Quedan 6 días para el Año Nuevo Etíope)



viernes, 20 de octubre de 2017

¿DÓNDE VIVE DIOS EN GAMBO?

  ¿Acaso se aloja en las chabolas con paredes de boñigas y techo de paja? ¿Reside en las casas de adobe y suelos de tierra? ¿En el bosque? ¿En el rio Lepis que baja impetuoso de la montaña? ¿Es Dios la lluvia que cae cada tarde y embarra los caminos pero da un verde furioso al tef y los paisajes? ¿No estará escondiéndose en la iglesia a resguardo del frio y del sol? Es posible que Dios sólo more en los animales que llenan esta tierra, los borricos, los monos, … O quizás sea verdad que vive en el corazón de las mujeres y los hombres que sucumben a la pobreza.

  ¿Dónde está Dios en Gambo?

  Si Dios es justicia, nunca llegó a estas tierras altas. Si Dios es bondad, se perdió en la espesura de la selva y vive confundido con los reflejos del sol sobre los charcos o en los ojos de los niños. Si Dios es amor está en todas partes y en ninguna. Es etérea su presencia, forma parte del aire que respiran. Puede penetrar en los pulmones y exhalarse como un deseo para hacerlo real. Las mujeres buscan a Dios en sus maridos y en sus hijos. A veces lo encuentran. Los hombres buscan a Dios en sus manos y están vacías. Pero cuando acarician, cuando trabajan, cuando pegan, cuando luchan, cuando aman, miran sus manos como si fueran las manos de dios. Los niños llevan a Dios en sus piernas, sucias pero fuertes, imparables, soportando el peso del incierto futuro. Dios no está siempre en esta tierra, la visita de tanto en tanto, la bendice con la lluvia y con el sol tras la lluvia, promete venir a menudo, como las visitas, pero luego debe atender tantas miserias en el mundo que pasan los días sin volver. A veces semanas o meses. De pronto un día sin avisar aparece y posa la mano sobre uno de sus hijos y le da la felicidad o le devuelve la vida.

  A pesar de sus ausencias este es el lugar que prueba su existencia. No es posible tanta belleza sin que Dios exista. Es fácil adivinar su presencia en los ojos de los niños. La pureza, la inocencia se reflejan en su pupila. En los hombres y las mujeres si te fijas bien y olvidas sus harapos, su suciedad, en todos brilla la luz que anuncia que allí en el fondo de aquel cuerpo hay un alma, un ser que siente el dolor, el hambre, la injusticia. Dios está en la mirada de la gente. La de ellos y la nuestra. Las miradas que permiten ver a través del traje que compone la miseria, un hilito de esperanza en los Hombres. Si no es así. ¿De qué vale esta vida?

  10 septiembre de 2017 – 5/13/2009 año Etíope.

Mañana Año Nuevo

  EL 11 SEPTIEMBRE para los Etíopes significa el Año Nuevo, el final de la temporada de lluvias, el comienzo del sol. La primavera. Para nosotros el comienzo de una nueva Era dónde el Terrorismo es el arma de los locos y la excusa de los poderosos. Nuestro invierno.

  Y Dios de vacaciones.


TEDDY AFRO. ETHIOPIA
 




jueves, 12 de octubre de 2017

LA TEMPESTAD Y LA CALMA

Vivimos la terrible tempestad de las emociones. Si fuéramos gentes simples, si nuestras almas fueran elementales, disfrutaríamos del confort de la felicidad plena. Pero desgraciadamente, o quizá por alguna suerte de maldición, gozamos de un espíritu movido por fuerzas más poderosas que las que unen los átomos. En nuestro interior se guarda el arma más poderosa y destructiva, la emoción. Es posible que este arma pueda ser utilizada para el Bien, que tuviera otros fines su Creación. Lo cierto que es que ahora nos sumerge en un mar agitado, en un marasmo de sentimientos. Vivimos atónitos frente a lo que somos capaces de hacer por la emoción.

Si no lo habéis adivinado estoy hablando de Cataluña. Y por continuar con el símil del Homo Sapiens y su “distópica” realidad, veo en nuestro comportamiento la imagen del mono alzando el hueso para golpear al vecino. Hemos trocado el hueso por banderas, hemos cambiado el pelaje de simio por corbatas, hemos cambiado la sangre por tinta, los gruñidos por insultos y tertulias. Y defendemos  esos sentimientos como si se trataran de verdades inalienables, de axiomas que persisten desde siglos. Dejamos escritas sobre las Constituciones palabras que parecen surgidas del propio Creador, grabadas a fuego sobre las Tablas de la Ley. Las tomamos como verdades inalterables y si fuera un sacrilegio pretender modificarlas. Adornamos estas palabras de símbolos, las colocamos tras una bandera, las agitamos al viento, las pronunciamos con solemnidad, emitimos consignas que tocan el cerebro más arcaico, aquel que contiene las emociones y estalla la guerra. Abrimos sin preocupación la caja de Pandora porque nos hacen creer que se violan nuestros principios fundacionales como individuos. Desde que el Hombre se dotó de Humanidad la guerra es una constante, no ha cesado desde el principio de los Tiempos. Es posible que nunca termine. Debe estar en nuestros genes la necesidad de vencer al otro, de someterlo, de demostrar la fuerza, de que el triunfo no solo sea ganarlo en la batalla, si no humillarlo, hacerle morder el barro del fracaso.

Hablo en primera persona del plural porque somos responsables de lo que ocurre. Aunque estoy seguro de que como yo muchos no sientan la emoción de las patrias, de las fronteras, de las banderas.

“La música militar nunca me supo levantar” decía Brassens. Escuché a Josep Borrell decir el pasado día 8 una frase que creo que pertenece a Jean Monnet : “Las fronteras son las cicatrices que deja la Historia sobre la Tierra” y el propio Monnet hablaba en 1943 de la idea de Europa: "No habrá paz en Europa, si los Estados se reconstruyen sobre una base de soberanía nacional (...) Los países de Europa son demasiado pequeños para asegurar a sus pueblos la prosperidad y los avances sociales indispensables”.

Si somos más los que pensamos que no queremos movernos por emociones si no por el sentido común ( cal que recuperem el seny). ¿Por qué nos dejamos llevar por políticos nefastos, incapaces de entenderse? Si es que necesitamos vencer, la política es el arte de vencer sin iniciar la batalla. Apelar a la fuerza de la Razón y no a la razón de la Fuerza, convencer y no vencer como dice Unamuno. “La capacidad de resolver un conflicto sin lucha es lo que diferencia al prudente del ignorante” afirma Sun Tzu en “El arte de la Guerra”. Aunque también decía que todo el arte de la guerra está basado en el engaño. Nos engañan con señuelos, como a los toros de lidia. Nos colocan la muleta y entramos al trapo, cada uno embiste un trapo diferente. Estelada, cuatribarrada, rojo y gualda. “La guerra es muy mala escuela, no importa el disfraz que viste, perdonen que no me aliste bajo ninguna bandera, vale más cualquier quimera, que un trozo de tela triste” (Jorge Drexler).

Si no sirven para hacer política que se vayan. ¡Hagamos que se vayan! Deben ser despedidos por ineptos Rajoy y Puigdemont, por incapaces. ¡Que acaben las consignas y empiecen las palabras! No habrá paz sin diálogo, si se imponen artículos, si las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado son los encargados de imponer la Ley, por muy justa que esta sea, no vendrá la calma. Vendrá el silencio de los derrotados, se enterrará el problema, pero sólo será una tregua ante la próxima tempestad que estallará más feroz, más violenta. Porque la emoción no puede silenciarse, sólo puede reconducirse hacia la tolerancia. Somos seres tribales y defendemos lo que creemos que es nuestro grupo, nos empleamos emocionalmente a este diseño genético, no podremos cambiarlo. Pero podemos hacer que la tribu sea mayor, que otros pertenezcan a ella, sólo es cuestión de encontrar lo que nos hace miembros del mismo Clan. No podemos renunciar a intentarlo o nos destruiremos. Sólo existe un arma capaz de vencer a la emoción, la palabra. ¡Hablemos! ¡Parlem!


Mlonga del Moro Judio. Jorge Drexler