EL SIMIO ITINERANTE

Desde que unos primates cruzaron la llanura de Laetoli en Tanzania hace 3,6 millones de años y dejaron sus huellas en el fango de la ceniza volcánica, el hombre y sus ancestros no ha dejado de moverse. ¿Porqué se arriesgaron a salir de su tierra? ¿Qué nos  hace ser unos monos inquietos? Quizás resida en nuestro ADN o en nuestro cerebro repleto de circuitos reverberantes. Es posible que los motivos vengan del medio o del miedo, quién sabe. La búsqueda de nuevos territorios, la conquista, el poder o la ambición nos han hecho descubridores y nos ha permitido poblar la Tierra. Muchos hombres y mujeres a lo largo de la Historia han arriesgado sus vidas y las han perdido para buscar un lugar más apto, más amable, más bello o más rico. Este mono itinerante hizo posible que las civilizaciones se enriquecieran. Los viajes sirvieron para compartir conocimientos, cultura, ciencia, arte, alimentos, especias… Nuestros antecesores salieron de África, se adentraron en Asia o quizá cruzaron el mar para entrar en Europa seguramente movidos por los mismos motivos que ahora. Suben a barcazas y recorren interminables caminos plagados de peligros, con sus hijos de la mano para buscar un futuro mejor. Mujeres y hombres pasando hambre, dejando atrás sus casas y sus familias por un sueño. Ellos han sido los verdaderos fundadores de nuestro mundo, los emigrantes.

Ahora hemos decidido crear fronteras, levantar muros, dejarlos en campos de refugiados, abandonarlos a su suerte en el mar, permitir que naufraguen sus sueños. Hoy pensamos que cada cual debe permanecer donde le correspondió nacer, sin haberlo elegido, aún a sabiendas de lo injusta que resulta la vida de quien nació en la miseria, sea cual sea el lugar. No nos entra en la cabeza que pudimos ser nosotros los nacidos en el África que se muere de hambre, en el desierto arrasado por el sol o por las armas (las que les vendimos), en países donde la explotación es la norma, en los basureros del mundo moderno... Es absurdo que si en millones de años el ser humano ha sido trashumante, viajero, migrante o aventurero, cuando tu destino y el de los tuyos es la muerte no salgamos corriendo hacia adonde sea para cambiarlo. No existe un hombre o una mujer en el mundo que no desee un hogar confortable y seguro, alimentar a sus hijos, soñar con un futuro mejor. Musulmanes, cristianos, budistas, negros, amarillos, inteligentes o necios, pobres y millonarios, todos coincidimos en los mismos deseos, cada cual a su manera. 
No hay un solo humano que se resigne si ve la vida de sus hijos al borde del abismo. Sin embargo a todos aquellos que corren para salvarse, les ponemos la zancadilla. Recuerdo como nos escandalizamos cuando una reportera puso el pie a un emigrante sirio en la frontera de Serbia. Todos nos solidarizamos con el pobre emigrante, lo trajimos a casa como disculpa ¿Qué hacen nuestros gobiernos, con nuestro consentimiento, cuando impiden la entrada de refugiados a las fronteras de nuestro pretendido paraíso? ¿No estamos poniendo zancadillas a los que tratan de saltar vallas y cruzar mares? Lo queramos o no somos cómplices de aquellos que se reúnen en cumbres políticas para resolver problemas que nunca se resuelven, de aquellos que dictan leyes en contra de los hombres para bien de los mercados, de los que levantan muros de palabras y miedos para justificar las murallas y las rejas. 
Y si nos preguntan, todos somos Hombres de Paz. ¿Qué Paz puede querer quien consiente la guerra? Cómo pretendemos acabar con el odio si no acabamos con lo que lo produce. La injusticia, la ignorancia, la miseria (no la pobreza, si no la miseria sin futuro), el hambre, la violencia, la desigualdad aberrante, esos son los ingredientes del odio. No podemos haber estado caminando millones de años para acabar aceptando que los que huyen de la barbarie para salvarse son delincuentes, enemigos, seres peligrosos, terroristas en potencia. Si nuestras sociedades no han aprendido el valor de lo diferente, la solidaridad con sus congéneres, la necesidad de una moralidad centrada en el Hombre, es que la evolución ha sido un fracaso, una decepción y no un proceso extraordinario.

Jo vinc d'un silenci. Raimon

TERRORISMO ES EL HAMBRE

Gracias a nuestros magníficos políticos, los de aquí y los de otros lugares del mundo civilizado, que ya han tomado conciencia, disponemos de leyes antiterroristas. Me siento más seguro.
Hemos conseguido aislar en nuestro país uno de los llamados lobos solitarios, la que se hace llamar Casandra. Tuvo la osadía de escribir un twitt que ella creía gracioso sobre un insigne personaje de nuestra historia, asesinado por ETA. ¿Acaso esto no es apología del Terrorismo? ¿No se le puede considerar miembro de un comando no fichado de la banda?

¿En serio, escribir un chiste malo es terrorismo? ¿Es que no han acabado la carrera los ilustres que dan valor de verdad a esta aseveración? Pura hipocresía. Tan aberrante que ofende nuestra inteligencia.

Podrían ver el terrorismo en otros actos. Ayer escuché que cada día se deposita un ramo de flores en la tumba de Franco desde 1976 pagado por el Estado. Aquel que inició una guerra civil, responsable de la represión posterior y de una dictadura fascista que acabó con la vida de miles de españoles. En legítima defensa de la patria supongo que dirán.
Miguel Hernández murió un 28 de marzo hace 75 años a manos del Régimen Franquista en la cárcel, por escribir poemas buenos, no chistes malos. Así que me resulta ofensivo estar contribuyendo con mi dinero a dicha ofrenda. Pero ¿Se puede culpar a quien cada día deja las flores de colaborador del Régimen? ¿Es Terrorismo de Estado pagar el ramo? Terrorismo me parece la pobreza instalada en el alma de nuestro país, la económica de muchos y la intelectual de otros. Terrorismo es el hambre.

Tenemos los medios para acabar con el hambre en el mundo y cada minuto muere un niño por desnutrición. ¿No podemos hacer una Ley Antiterrorista que acabe con la miseria? Quizá fuera más efectiva que las vigentes, la miseria es el caldo de cultivo de la rabia. Es el embrión de los salvajes que acaban pensando que el mal proviene de Occidente. Además la miseria ofende, o debería ofender nuestras mentes limpias de hombres y mujeres civilizados. Lo que ocurre es que tenemos corto alcance. Somos capaces de ver antes un twitt, un wassap, un SMS que la Historia repitiéndose como un eco.

"Me asusta una sociedad en la que la libertad de expresión, por lamentable que sea, pueda acarrear penas de prisión” Me inclino ante esta frase pronunciada por la nieta de Carrero Blanco. No se me ocurre mejor homenaje a la memoria de su abuelo. Ha recorrido el camino que algunos de nuestros jueces y políticos no se han planteado si quiera empezar a andar. Gracias a frases como esta y no a los ¡Arriba España! sigo pensando que podemos ser un país grande.


Adele - "Tired"

El Dios de los nuestros o las trompetas del Apocalipsis

Se oyen sonar desde hace tiempo las voces de quienes vaticinan el Fin de los Tiempos, son los augures del desastre. Hablan de un Dios furioso removiéndose en su trono y conteniendo la rabia a duras penas. Nos muestran los males de una sociedad descreída, un mundo de adoradores de ídolos contrapuesto al de los creyentes de los Misterios de la verdadera Fe. Dios dicta las normas del Bien y el Mal. Él es el Orden. Pero tantos dioses se erigen en verdaderos, tantos exigen lealtad absoluta y ciega, que el mundo les ha vuelto la espalda y los Hombres se han erigido en el único dios a adorar. Ese egocentrismo es la forja de nuestro modelo de sociedad. Yo como objetivo, Yo como fin, Yo buscándome a mi mismo, YO, Yo y yo. No hay una visión clara de que es lo que queremos para nosotros mismos, nos preguntan y decimos: La felicidad ¿Y qué significa ese hermoso vocablo? ¿Poseer, comprar, poder? Esencialmente significaría vivir, encontrar la vida como un regalo y vivirla.

No es un sueño irrealizable. No parece tan complicado. El problema es ¿Cuánto le pedimos a la vida? Y el segundo problema es si se puede ser feliz en un mundo atroz. Rodeados de miseria, de actos miserables, de personajes públicos de conductas obscenas. ¿Se puede ser del todo feliz si hay pobres muy pobres junto a ricos muy ricos?

Oigo los clarines de la furia desatada de un Dios justiciero. No será Él quien se levante del trono y empuñe la espada, no enviará a Abaddon su ángel destructor, ni habrá un Armagedón como anuncian las trompetas, serán los olvidados los que acaben con la locura en la que el Mundo camina. Ellos serán la plaga de langosta enviada para aniquilar a los que fueron marcados. Casandra grita desde hace siglos para avisar del futuro devastador que trae la Injusticia y el Hambre (El primero de los jinetes del Apocalipsis). La sacerdotisa conoce los arcanos de la adivinación, pero su maldición fue que nadie creería sus presagios. Nos mantenemos ciegos en este ejercicio de insolidaridad que nos destruye como especie.

Cada día nos encontramos con algún hecho nuevo que nos debería abrir los ojos: siguen muriendo niños en las playas de Europa, son asesinados en cárceles Sirias los opositores, torturados, colgados y el mundo sigue en silencio, la mayor cárcel del mundo a cielo abierto en Gaza sólo asoma de tanto en tanto a las conciencias, las hambrunas en África dejaron de ser noticia, como los genocidios, la muerte y la guerra (otros dos jinetes memorables).

Todo está preparado, los sellos del Libro Sagrado se han ido abriendo y se oyen ya las trompetas que anuncian la destrucción. La última en sonar lo hizo desde el Capitolio, al abrirse el sello apareció un nuevo jinete, monta como un cowboy el caballo blanco, es el cuarto jinete (el jinete de la Victoria, Trump significa Triunfo). Quizá parezca que galopa sobre un pollino y habla con la procacidad de los bárbaros, pero sabed que en su mano porta el arco que dios le ha dado (el Dios de los nuestros) para vencer a los infieles. En su cabeza coronada podéis ver un flequillo ridículo, pero bajo el pelo color de azafrán se esconde un cerebro lleno de viejas ideas que parecían enterradas, muros inexpugnables, negocios exitosos. Ha venido para abrirnos los ojos de lo cerca que nos encontramos del abismo, de cómo hemos sido capaces de abrir una zanja bajo nuestros pies con nuestras propias manos.

El Hombre demuestra a cada paso su torpeza y su enorme capacidad para hacer aquello que no le conviene. ¿Por error? No, por ignorancia, por miedo, por comodidad, por egoísmo. Lo cierto es que el caballo blanco agita las crines al viento y las multitudes enardecidas le aplauden.

¿Quién detendrá al jinete victorioso? ¿Seguiremos abriendo los sellos que llevan nuestro destino y nos arrastran al caos? ¿Seguirán sonando las trompetas del Apocalipsis hasta que el Fin sea irremediable?

Espero que alguno de los dioses que los Hombres adoran se levante de su trono y en vez de enviar ángeles destructores, envíen maestros, hombres libres, líderes sabios que nos devuelvan la esperanza.


El cantautor kenyà Ayub Ogada interpreta "Kothbiro"
 
 

ELEGIA A UN HOME BO

Vicent, vull acomiadar-me de tu i vull dir-te gràcies. La teua personalitat captivadora, eixa ironia valenciana, la socarroneria sense maldat que curava, que ensenyava, que trencava les distàncies, era un art que assage cada dia per a poder paréixer-me a tu.

La mort és un pas necessari, tots ho sabem i tu ho sabies més que nosaltres perquè havies consolat a tanta gent en eixes circumstàncies. No tinc pena per la mort, tinc pena per nosaltres, perquè la vida ens ha privat massa prompte de la teua saviesa, del teu do natural de parlar en minúscules i fer-te entendre. Tots comprenien el que deies perquè no tenies pretensions de parèixer un docte home de Déu, sols havia voluntat d'ajudar amb la paraula i amb els fets. Déu ha perdut un home en la Terra que traduïra el seu missatge a paraules del poble però ha guanyat segur un conseller al seu costat i nosaltres un aliat per a les trompades de la vida.

Et tenim com a exemple, seràs un model, estaràs sempre al record i això et mantindrà sempre viu al nostre costat, és el consol que ens queda. Som amics, deixebles i orfes teus, però som també la prova del teu pas per la vida i viuràs per a sempre en nosaltres.

Gràcies Vicent.








CUENTO DE NAVIDAD

Iba sintiendo como la nariz perdía su horizontalidad y se deslizaba hacia abajo ladeándose en un gesto de hastío. Su cara adquiría un aspecto de fiereza que no encajaba con él, uno de sus ojos se había desprendido y casi alcanzaba la altura de la nariz. Ya no quedaba ninguna sonrisa en su boca. Lo que la Navidad le había regalado estaba llegando a su fin. Seguía manteniendo su sombrero sobre la cabeza y la bufanda ocultaba un poco aquel rostro roto, pero ya nada podía ser igual. La lluvia tenue pero persistente sustituyó a la nieve e iba socavando su figura. La lluvia siempre triste como el llanto.

Aquel muñeco que los niños levantaran con puñados de nieve, edificado sobre ilusiones, carreras, disputas y risas. Ese muñeco que nació alegre y vivió la felicidad de ser el centro de los juegos, al que dedicaron tiempo y amor sus hacedores, ahora se había convertido en una ruina. Nadie saldría a verlo cuando se disolviera en aquella lluvia que embarraría los caminos y mancharía su blanca nieve. Sólo quedarían de él pedazos de hielo informes. ¿Y sus brazos para que le servían si no podían defenderle de aquel desastre? Si en vez de una escoba le hubieran puesto un paraguas tal vez lograría ponerse a cubierto, pero irremediablemente estaba condenado a la muerte, al olvido que es peor que la muerte.

Los niños lo miraban ahora desde la ventana, tras los cristales empañados por el calor del hogar, él los veía asomarse y hablar entre ellos señalándole. Estarían pensando que el muñeco se estaba desmoronando y acertaban porque en su ánimo no quedaba sino la resignación de haber llegado a su fin. Nada podía hacerse, todo estaba perdido. Se derrumbaba por dentro.

El vagabundo de la Navidad pasó por su lado (siempre hay un vagabundo en las Navidades, es el que nos muestra lo real frente al ensueño de un mundo imaginario cargado de purpurinas y estrellas de cristal), vio su sombrero y su bufanda y pensó que él lo necesitaba más que aquel desecho de muñeco. Llevaba su cabeza descubierta, hacía tiempo que había perdido parte de su pelo mugriento y por las calvas se colaba el frio. En cuanto a la bufanda bien que le venía para taparse en el frio de la noche. Para arrebatarle el sombrero se valió de la escoba, desarmó al muñeco, golpeó su testa para tirar el sombrero y con el cayó el botón/ojo que ya había iniciado su viaje. Tiró de la bufanda y dejó allí desnudo las dos bolas de nieve que formaban el cuerpo y la cabeza del muñeco de nieve. Quedaban sólo los botones que abrochaban una chaqueta invisible sobre su prominente barriga.

Él al verse tan descubierto, tan vulnerable emitió una especie de suspiro, casi inaudible, tan sutil como una caricia del viento.

El vagabundo creyó oírlo pero pensó que aquello no era sino fruto del vino malo que había tomado. La duda se apoderó de él, se acercó más a la boca del muñeco y quedó estupefacto al oír:

-Llévate la bufanda y el sombrero a ti te van a hacer más falta que a mí, no creo que pase de esta noche, mi nieve se mezclará con el agua y correré por las alcantarillas.

El vagabundo no podía creerlo, el muñeco le había hablado y le regalaba sus escasas pertenencias. Nadie había sido tan generoso con él en los últimos tiempos. A la sorpresa le siguió el miedo, la duda de si estaba siendo engañado.

-Apresúrate, la lluvia te calará y de nada te van a servir mi sombrero y mi bufanda.

-Pero entonces ¿Qué pasará contigo?. No puedo consentir que te derritas, no dejaré que un amigo sufra tan infausto destino. – Así habló el vagabundo que en otro tiempo fue letrado y las tornas de la vida lo habían sumido en la pobreza, pero no en la indiferencia.

Anduvo raudo a su banco, la entrada con los cajeros automáticos eran su vivienda nocturna, su refugio, donde pasaba las noches y tenía su morada en los días de frío. Tomó los cartones que hacían de colchón y corrió hasta el muñeco de nieve para construirle una pequeña cabaña que lo pusiera a salvo de la lluvia. Clavó la escoba por el rabo, usó el pincho con que rastreaba en los contenedores de igual manera y fue acumulando los cartones para formar un pequeño porche que resguardara al muñeco. Se sintió satisfecho por la obra, le devolvió su sombrero y le colocó la bufanda como si un hombre de nieve pudiera necesitarla. Pero como ocurre en la vida, no existe la felicidad completa y cuando admiraba su obra se dio cuenta que los cartones se mojaban y acabarían dejando que el agua venciera.

Todo aquel proceso fue seguido atentamente por muchas miradas, que atentas desde los cristales observaban como el mendigo ayudaba al muñeco. Se conmovieron o quizá les indujo el espíritu de la Navidad, ese falso pretexto para hacer cosas buenas. Lo cierto es que un numeroso grupo de hombres, mujeres y niños dejaron por un momento sus comidas navideñas, abandonaron el calor de hogar que calentaba árboles luminosos y bajaron a la calle para construir un verdadero refugio al muñeco de nieve. Ayudaron al vagabundo. Colocaron de nuevo su nariz de zanahoria, aseguraron los ojos/botón en su lugar adecuado, colocaron un paraguas en su mano y buscaron entre los restos de nieve la más blanca para reconstruir las partes más deterioradas.

El muñeco agradecía cada gesto, alababa la bondad de sus salvadores, loaba sus virtudes, en fin que se deshizo en halagos para todos ellos. Quedaron todos satisfechos y contentos con el resultado y volvieron a sus hogares, vieron como anochecía cantando villancicos y se asomaban a la ventana para comprobar que el muñeco seguía a resguardo. Durmieron felices.

Todo hubiera acabado bien, como debiera en un cuento de Navidad, pero la vida no entiende de fechas, no se para a contemplar los duendes buenos, sigue su ritmo indiferente, inmisericorde a veces.

El agua que se acumuló bajo la acera hizo un gran charco y durante la noche, mientras todos dormían soñando con Reyes y pesebres, los coches iban pasando por la calzada y cada uno salpicaba al muñeco con el agua sucia encharcada, los camiones de reparto y hasta el autobús fueron lanzando andanadas de agua al muñeco hasta deshacer su corpachón y reducirlo a pedazos de hielo no reconocibles. A la mañana siguiente encontraron el sombrero y la bufanda empapados, los botones y la zanahoria esparcidos por el suelo. Empezaba a nevar de nuevo, algunos de los que se acercaron aseguran que oyeron desde alguno de los pedazos de hielo:

-No importo yo, el que importa es el mendigo.


EL PESO DE LA VIDA

   A veces la vida te hace pensar que se trata de un engaño, que el mero hecho de vivir no es un regalo, si no una especie de prueba en la que debemos sortear los obstáculos y regatear las penas. Cargamos con el encargo de vivir, sin saber bien que peso soportaremos en la mochila. Si bien es verdad que en la mayoría de los casos la juventud pasea por el jardín de las Hespérides comiendo la fruta fresca de sus manzanos, llegados a las fronteras de la madurez en nuestro saco hay suficientes piedras como para que cualquier subida nos parezca una empinada cuesta. Arrastras su peso con la determinación de quien todavía siente joven el corazón y con la valentía del “no me dejaré vencer por el desánimo”. Cuando tras la subida viene el llano crees que has vencido a la vida, que derrotaste los malos augurios de los funestos hados. Sin embargo nunca una cuesta costara tanto si no viniera con otras de la mano. Subes laderas arrastrando las piedras como Sísifo y descansas a respirar, si acaso miras el paisaje mientras recobras el aliento. Cada mañana emprendes el castigo de subir tu carga sabiendo que si cae rodarán los cantos hasta la base ¿Cuánto peso soporta una espalda, cuánto dolor un cuerpo?

   Debemos entender que el mero hecho de vivir viene aderezado con la sal y con la miel, con la olorosa canela y con la pimienta negra. Aceptemos que las piedras que vayamos subiendo por la cuesta pueden ayudarnos a construir nuestro refugio arriba en la cima. Piedra a piedra, golpe a golpe, verso a verso, con cada fracaso construir un muro a la tristeza, con cada enfermedad un ungüento, con cada desilusión un sueño. Porque si no, nuestro empeño es baldío, nuestra existencia un vacío que en nada representa lo que somos. Estamos hechos de barro y fuego, el barro es nuestra materia y se resiente con los vientos, pero el fuego que poseemos alimenta nuestra inmaterial esencia y el viento no puede si no hacerla más grande. Podemos bajar la rodilla al suelo por el peso de nuestra carga, tropezar con las piedras del camino, pero si miras hacia la cima, si piensas el paisaje que te espera tras la subida no puedes entregarte a la desesperanza. Hay que vivir cada momento como semilla irrepetible de la que florecerá el futuro. La vida es demasiado valiosa para arrojar la toalla ante un contratiempo, debemos ascender sin miedo, sin mirar lo que queda, sin volver la vista para valorar lo que ya subimos. Cada paso es una reafirmación de que estamos dispuestos a llegar hasta la meta. El peso de la vida siempre dependerá de la atención que le prestemos. Se soporta mejor con la cabeza erguida, con el cuerpo enhiesto. Relativizar el concepto de sufrimiento, el dolor es objetivo, real, duele lo que lesiona, pero el sufrimiento es la interpretación que hacemos de los hechos que nos causan dolor, depende de el enfoque con que los miremos. Una herida nos duele, pero no tiene porque hacernos sufrir. La soledad, un rechazo, un miedo, una duda pueden hacer sufrir nuestra alma sin lesión aparente.

   No necesitamos ser duros como la piedra, porque la piedra puede romperse con el golpe del cincel, es frágil. Debemos ser fuertes, que significa moldeables, positivos, invencibles, dueños de nuestro futuro, resilientes.

Palabras para Julia de Paco Ibáñez y José Agustín Goytisolo